Anette Olzon llena de oficio la Revi Live de Madrid en una noche sin ataduras

Anette Olzon actuó en la Revi Live de Madrid con un repertorio centrado en su etapa vinculada a Nightwish y respaldada por su banda, en un concierto que terminó con «Last Ride of the Day» y que la mostró libre, cercana y volcada con el público. La cita contó antes con la actuación de Crusade of Bards y dejó momentos como «Storytime», «Ghost River», «Bye Bye Beautiful», «Amaranth», «Rest Calm», «Song of Myself», «Scaretale» y «The Poet and The Pendulum».
La cantante sueca, que formó parte de Nightwish, llegó a la capital española después de un pasado marcado por decisiones que la apartaron de la banda en plena gira por Estados Unidos del disco «Imaginaerium». Según el relato de la noche, se presentó en Madrid ya sin esas ataduras, con sus hijos crecidos y con intención de mostrarse sobre el escenario tal y como es.
Antes de su salida, Crusade of Bards abrió la velada. La formación madrileña e internacional, con integrantes de más de un país europeo, mostró buen nivel compositivo en canciones como «Rise of the Kraken» y «Vento Aureo», con melodías cuidadas, control de los instrumentos y una propuesta de metal sinfónico con toque moderno.
Su concierto dejó temas bien interpretados y con buenas ideas, aunque todavía con poco rodaje como grupo. Durante su actuación, todos interactuaron con Paolo, el teclista, mientras que entre los cantantes no hubo ni una sola mirada. También llamó la atención que la vocalista diera paso a Paolo para presentar la siguiente canción y animar al público, porque a él se le da mejor. En su último tema, «Ten Steps To The Gallows», volvió a quedar clara su calidad, aunque también esa sensación de falta de conjunto. Aun así, la banda, con sede en Madrid, era desconocida para el autor de la crónica y para otras personas a las que preguntó, pese a su base local.
Cuando Anette Olzon subió al escenario, lo hizo con «7 Days To Wolves» y con una sala con poca entrada, aunque el público se amontonaba cerca del escenario como si no hubiera espacio. «Storytime» sonó especialmente bien y permitió ver a la cantante acompañando con su voz el estribillo, algo que el cronista no recuerda haber visto con Nightwish. La artista se mostró agradecida como si estuviera ante un sold out y su simpatía e inocencia fueron constantes durante toda la actuación.
Con «Ghost River» dejó claro que su banda la acompañaba con solvencia, gracias especialmente a su bajista, y compensó con nota la ausencia de Marko Hietala. Anette apareció liberada, haciendo headbang como nunca la habían visto en temas tan reconocibles como «Bye Bye Beautiful» y «Amaranth».
Uno de los momentos más personales llegó con «Rest Calm», que dedicó a un fan que había estado en el meet&greet y que, por circunstancias de la vida, necesitaba escuchar esa canción. Ese fan era el autor de la crónica, que explicó además que recientemente había perdido a alguien muy importante por culpa del cáncer y que, al comentárselo a la cantante, recibió esa dedicatoria. Después de varias canciones lentas pero emotivas, «Song of Myself» llenó la sala de headbang.
«Scaretale» mostró a una Anette versátil en lo vocal, capaz de clavar los agudos exigentes del tema, y el nivel no bajó antes de «The Poet and The Pendulum». Cuando comenzaron sus primeros acordes, la sala explotó y durante 15 minutos el concierto llevó al público a un mundo astral. El cierre llegó con «Last Ride of the Day», que redondeó un show sin palabras para el cronista y que despertó recuerdos de adolescencia. La velada terminó con la sensación de haber visto a Anette Olzon sin antiguas limitaciones, sonriendo y dispuesta a dejarse la piel sobre el escenario.
