Conciertos Madrid

Antonio Arias llevó al Conde Duque su proyecto acústico con Mawlid y gnawa

Sara Vázquez

Imagen: www.rockandrollarmy.com
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Antonio Arias actuó el 19-09-2026 en el Auditorio Conde Duque de Madrid con un formato trío acústico y la incorporación del trío gnawa de Tetuán liderado por Arafa Chaara, en un concierto basado en su proyecto “Mawlid” y en la conexión entre la música andalusí y la gnawa marroquí.

El artista granadino se presentó junto a Moncho Rodríguez (Fandila) y Zeke Olmo a la batería y percusión. Arias cantó y tocó el guembri, que explicó como un instrumento de cuatro cuerdas de tripa de cabra, recubierto de piel de camello y con mástil de madera. Rodríguez hizo lo propio con la mandola, de origen argelino y peninsular. El propio Arias indicó que esos instrumentos sustituían a la batería y a los bajos y guitarras electrificados.

El repertorio se apoyó en “Mapa del Trance”, publicado recientemente por Montgrí, y enlazó sin interrupciones “Ciudad sin Sueño”, “La Peregrina” y el tema que da nombre al disco. Con esos cortes fue ganándose a cerca de un centenar de asistentes, que ocuparon alrededor de la mitad de las butacas del auditorio, sonorizado de forma sobresaliente.

Después de ese arranque, Arias tomó la palabra con sus habituales explicaciones entre canción y canción. Comentó, entre otras cosas, que se enteró de que no había jaguares en África después de haber grabado ya “Matar Al Jaguar”, pieza que dejó ver el lado rocoso y oscuro de su propuesta. También recordó datos y anécdotas vinculadas a “Boabdil el Chico”, original de Miguel Ríos, habló de su estancia en Dubai a propósito de “Oh Amazigh” y estableció, con ejemplo sonoro incluido, un vínculo entre la música mawlid y los Stooges.

Antes de que se cumplieran treinta minutos de concierto, se sumó desde el fondo del patio de butacas el trío gnawa de Tetuán encabezado por Arafa Chaara. Con sus vestimentas características, el grupo pasó a formar parte del espectáculo como sexteto y añadió más riqueza instrumental, sobre todo con los qraqeb, crótalos de hierro tradicionales, que sonaron de manera constante junto al resto de cuerdas y percusiones, además del guembri de Chaara.

Tras unos diez minutos en esa formación ampliada, Arias y sus compañeros dejaron solos al trío marroquí. La segunda parte del recital quedó entonces en manos de los ritmos repetitivos hasta llegar al trance, aunque no terminó de haber conexión plena con el público, ya que buena parte de los asistentes no respondió a la invitación a palmear o hacer coros durante unos pasajes que se alargaron en exceso y se hicieron machacones.

El empuje tribal no alcanzó en ese tramo la misma intensidad emocional que la primera parte del concierto. Finalmente regresaron los anfitriones y todos se despidieron tras una actuación de hora y cuarto, disfrutable en conjunto y distinta a las propuestas actuales, además de necesaria, según el relato del recital.

La crónica subraya que Antonio Arias mantiene, al margen de Lagartija Nick, una línea de trabajo en la que la experimentación convive con una cierta coherencia compositiva. Ya lo había mostrado en sus distintos “Multiversos”, donde mezcló psicodelia, rock y un imaginario cósmico, y también en su vinculación con el “Omega” de Morente, que el texto cita como antecedente de su inquietud creativa.