Conciertos Madrid

Ca7riel y Paco Amoroso convierten el Movistar Arena en una fiesta de libertad y humor

Sara Vázquez

Imagen: www.elespanol.com
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Ca7riel y Paco Amoroso actuaron en el Movistar Arena de Madrid con su Free Spirits Tour y ofrecieron un concierto de hora y media en el que mezclaron humor, eclecticismo y sorna, apoyados por frases en off, una maestra de ceremonias, una fila de músicos y un grupo de fans vestidos de blanco.

El dúo argentino abrió la noche con No me sirve más y planteó el espectáculo como una especie de clínica de rehabilitación para quienes están demasiado acostumbrados a obedecer. Lejos de una ceremonia solemne, el show se presentó como una invitación a perder el control, con sarcasmo, alegría y una sucesión de bloques pensados para “liberar los espíritus de cuerpos quebrados en menos de 90 minutos”.

Su paso por Madrid llegó después de actuar en Barcelona y tras el impulso que les dio hace un par de años su Tiny Desk, que convirtió su mezcla imposible de estilos y su desparpajo escénico en una revolución. Ca7riel y Paco Amoroso se conocieron en la escuela, en Buenos Aires, y empezaron a hacer música como un juego; esa actitud sigue presente pese a que ahora llenan escenarios grandes y tienen 33 años.

Los primeros minutos incluyeron Nada nuevo y Ay, ay, ay, en una apertura que reforzó ese tono desenfadado. Después sonó Muero, dentro de un tramo dedicado al hedonismo, y en mitad de sus estrofas saludaron al público con un “Buenas noches, Madrid. Qué placer actuar para todos ustedes”. Más tarde desarmaron cualquier formalidad con Mi dios o #Tetas.

El siguiente bloque, encabezado por los supuestos “pasos” para alcanzar esa libertad de espíritu, arrancó con Hasta Jesús tuvo un mal día y Soy increíble. En esa parte asomaron el glam, el vacile y una actitud de estrella de rock pasada de rosca. Antes de interpretar Vida loca, Goo goo ga ga, Impostor, Te forro y El día del amigo, dijeron: “Madrid es uno de nuestros lugares favoritos. Estamos muy felices con gente bonita, con sol, con gente que le gusta divertirse. Pero a veces la vida se pone difícil. Esta canción nos puede ayudar”.

La tercera parte del concierto se orientó hacia la salsa y el mambo, y ahí llegaron dos de sus temas más conocidos, Dumbai y Baby gangsta. También interpretaron A mí no, Mi deseo, Bad bitch y Todo hay, una sucesión que sirvió para mostrar su facilidad para cambiar de registro sin pedir permiso. Funk, pop, electrónica, salsa, rock y reguetón convivieron en un mismo repertorio que, además, logró que el público apenas sacara el teléfono.

Con un tono deliberadamente excesivo y burlón, prometieron juerga y la consiguieron: el baile apareció sin pose y el disfrute no pasó por la exhibición digital. El único y La que puede, puede terminaron de convertir la pista en un espacio en el que nadie parecía pendiente de mostrarse más allá de lo real y lo analógico.

El tramo final arrancó con Lo quiero ya!, entre luces rojas, voces metálicas y una deriva electrónica rematada por un popurrí de versos sacados de temas como Culo con caca o Cono hielo. Después llegó Himno del mediocre, la canción elegida para despedirse y encauzar la salida hacia la calle.

La actuación dejó la sensación de que, desde aquella infancia compartida y aquellos juegos sin pretensiones, Ca7riel y Paco Amoroso han pasado a llenar estadios sin abandonar del todo esa idea de estar jugando. Pueden envolver su propuesta en performance, frases estimulantes y cierto aire teatral, pero debajo sigue intacto el cachondeo y la inocencia de no esperar ningún resultado. En Madrid, su concierto se alejó de lo solemne y convirtió el Movistar Arena en un patio de colegio con sonido monumental, dejando a muchos asistentes con la impresión de haber vivido algo irrepetible.