Conciertos Madrid

Vengerov llena el Auditorio Nacional en el estreno de la Atlántida Chamber Orchestra

Sara Vázquez

Imagen: scherzo.es
Imagen: scherzo.es

La Atlántida Chamber Orchestra abrió el pasado miércoles su temporada de diez conciertos en el Auditorio Nacional de Música de Madrid con Maxim Vengerov como gran reclamo, en un recital que reunió a un público muy numeroso y en el que el violinista se llevó la mayor parte de la atención antes, durante y después de su intervención.

En ese primer programa de la temporada, Manuel Tévar dirigió a la formación madrileña en obras de Glinka, Sibelius y Dvořák, en una cita por la que irán pasando a lo largo del curso solistas como las violinistas María Solozobova, Yunmao Kang y Sherry Tse; los pianistas Alberto Urroz, Congyu Wang, Shiran Wang y Mario Prisuelos; las sopranos Alexandra Zamfira y Ainhoa Arteta; la cantaora Estrella Morente; el violonchelista Misha Mayski y la flautista Silvia Careddu.

La velada comenzó con la obertura de Ruslán y Ludmila, de Mijaíl Glinka, compuesta entre 1837 y 1842 y basada en el poema homónimo de Alexandr Pushkin. La Atlántida Chamber Orchestra ofreció una lectura llena de energía, heroísmo, entusiasmo, frescura y juventud, y el público respondió con un aplauso prolongado mientras esperaba la obra central del concierto.

Ese momento llegó con el Concierto para violín en Re menor, op. 47 de Jean Sibelius, escrito en 1903. Nada más salir al escenario, Vengerov recibió una ovación incluso antes de tocar el Stradivarius ex-Kreutzer con el que suele actuar. A partir de ahí, el violinista soviético-israelí ofreció una interpretación que destacó por su calidad, profundidad, precisión, lirismo e inventiva, con una orquesta que lo acompañó con solvencia aunque quedó parcialmente eclipsada por el sonido del solista.

El primer movimiento, Allegro moderato, dejó desde las primeras notas una impresión de gran nivel, con el tema inicial pasando después a los clarinetes. En el Adagio di molto, la introducción de los dos clarinetes, el oboe y los metales preparó el canto grave del violín, sostenido por Manuel Tévar con suavidad. El tercer movimiento, Allegro, ma non tanto, fue calificado como sencillamente increíble por la capacidad técnica y el lirismo de Vengerov, especialmente en las dobles cuerdas, la precisión y la intensidad del discurso musical.

Al terminar el concierto de Sibelius, el público rompió en una ovación unánime y buena parte de los asistentes se puso en pie. Vengerov respondió con una propina: el Adagio de la Sonata nº 1 en Sol menor para violín solo de Johann Sebastian Bach, con dobles cuerdas impecables. No ofreció más bises, pese a que muchos espectadores parecieron quedarse con ganas de más.

Después del descanso llegó la Sinfonía nº 8 en Sol mayor, op. 88 de Antonin Dvořák, compuesta en 1889 para el emperador de Austria Francisco José I. Escrita en cuatro movimientos, fue la parte en la que la orquesta mostró una interpretación más irregular, con un equilibrio sonoro algo inclinado hacia los agudos y menos presencia de los graves, además de cierta falta de precisión y profundidad en algunos pasajes.

Aun así, hubo entusiasmo entre varios músicos, en especial en dos integrantes de la sección de contrabajos y dos de la de violas, así como en el concertino, que realizó gestos muy expresivos para guiar a sus compañeros, aunque no estuvo del todo afinado en alguno de sus solos. También destacaron por su musicalidad los oboes y por su precisión el timbalero. Aunque a la sinfonía se le pudo sacar más partido, el público salió satisfecho y el efecto Vengerov siguió muy presente.